El tiempo pasa inexorablemente. A finales del año 1995 fui nombrado párroco de Colmenar Viejo. El 28 de enero de 1996, domingo, me hice presente por primera vez entre vosotros. La lluvia exterior, en la sierra y en el pueblo, y el frío interior, dentro la Iglesia Parroquial, presidieron aquella celebración acogedora, cálida y entrañable para mí y para cuantos participamos en ella. Eran las cinco de la tarde. Me acompañaba mi madre. Mucho me ayudasteis todos con ella en sus últimos años, lo mismo que con motivo de su muerte en el año 2000. Mi corazón se sintió entonces, y a lo largo de mi permanencia en Colmenar, lleno de gratitud hacia un pueblo del que sólo he recibido amistad, bien, y enseñanzas, muchas enseñanzas sobre la humanidad y sobre la fe.
Han pasado cerca de doce años desde el inicio de aquel trabajo pastoral, que para mí ha sido un verdadero y apasionante reto como ministro del Evangelio y de la Iglesia. Y como si apenas hubiéramos dado un solo suspiro, me llega la hora de despedirme de vosotros como párroco. "Lo nuestro, decía Machado, es pasar". Y, en ese sentido, he pasado entre vosotros con la impronta propia de un cura enviado a colaborar en la vida de una comunidad cristiana y a caminar con ella en tiempos de cambio. He pasado como un discípulo de Jesús y como un hermano entre hermanos. Nos ha tocado, a vosotros y a mí, en esta época trepidante, crear y favorecer el nacimiento de nuevas realidades en la Iglesia de Colmenar Viejo. Todos y cada uno hemos puesto nuestro granito de arena. Y en la hora de mi marcha de Colmenar lo hago con el cansancio y las canas acumuladas, pero con el alma llena de la fe y del gozo que me han crecido a vuestro lado; y, de muchas flores, las que representáis cada uno de vosotros, mis amigos y hermanos.
La hora de la despedida es, sobre todo la hora de dar gracias, pero también es la hora de pedir perdón, Y así, a cada uno de los que pude ofender, molestar, defraudar o no apreciar como esperaban; a todos los que mi persona, mis acciones, mis decisiones o mi carácter hayan podido causar cualquier tipo de daño o aflicción, les pido perdón. Y espero que los que no se encontraron bien conmigo, aquellos para los que pude ser un mal ejemplo o para los que pude proyectar una falsa imagen del buen pastor, me sepan perdonar. Le pido al Padre para que se abra un tiempo nuevo y cada uno encuentre nuevas oportunidades para crecer en la fe en Jesús. Llegan nuevos tiempos, y un nuevo párroco, pues los nuevos tiempos y la renovación son necesarios en la Iglesia. No podemos agotar, yo al menos no lo quiero, procesos eclesiales largos que, de no saberlos controlar, terminan por no ser positivos para nadie. Mi madre me repetía un refrán conocido: "Lo bueno, hijo, si breve, será siempre dos veces bueno para todos". Nunca deseé causar mal alguno, ni tampoco cansar a nadie en exceso; y espero que todos, también los que os habéis sentido cómodos conmigo estos años, entendáis los motivos de mi marcha. Tengo mucho que agradecer a una infinidad de personas con las que he podido colaborar en esta etapa. Mi gratitud eterna para todas ellas.
Mi misión no era otra que ser un servidor de las personas, de las comunidades cristianas, de las hermandades e instituciones, y, en general, de las gentes de Colmenar. Reconozco que he andado muchos días, como lo han hecho mis admirables compañeros sacerdotes, y los párrocos que me precedieron, en una postura semejante a la del equilibrista sobre el alambre. Pero, en este proyecto siempre complejo de coordinar y alentar la fe de una gran comunidad, sólo he tenido una meta sincera en mi corazón,aunque la haya cubierto deficientemente: pasar, como Jesucristo, haciendo el bien, no consentir con el mal, y rectificar, cuantas veces fuese necesario, con tal de que cada uno de vosotros, en este tiempo alborotado, pudierais acercaros al Evangelio de Jesús.
El obispo diocesano, tras diversas conversaciones, me concede realizar un cambio en mi vida como creyente y como sacerdote. Su deseo no era verme salir de Colmenar por ahora. Pero, al final, ha podido la evidencia. Existe en mi un sueño que arrastro desde hace más de veinte años. Un sueño que siempre he tenido que marginar y arrinconar, y que me pide adentrarme en lo secreto, en el silencio, en el desierto del corazón, en la vida interior, en el Misterio escondido del amor de Dios. Desde muy niño he sentido una atracción sugerente por Dios; y ya es hora de darle todo el tiempo para que sea Él, el Dios de la vida, el que hable en la desnudez, la pobreza y el abandono de mi propio ser. El obispo me ha concedido un año sabático para acercarme al manantial y la sabiduría que es Dios. Allí escucharé, en una vida pobre, austera, silenciosa, apartada y desértica, la voz que me atrae desde siempre, que me dice: "¡Ven a mí!". El domingo, 24 de junio, a las 12 horas, me despediré de vosotros en una Eucaristía en la Basílica.
Los curas necesitamos que el amor primero de nuestra vida, el amor por Jesucristo y por servir a su pueblo, no se nuble, no se deteriore, no desaparezca de nuestro ser, sino que se desarrolle por el bien del Reino y de las comunidades cristianas. Nosotros también, como seres humanos que somos, podemos caer en las trampas de la vida actual, en el vacío, en el consumismo, en la ausencia de una fe limpia y viva, en la rutina, en el ritualismo, en el autoengaño, en la manipulación del sistema imperante, en el cansancio o la quemazón psicológica y, en último extremo, en el alejamiento de Dios y de los pobres. Y para que eso no suceda, y nuestro ánimo esté vivo y sin vacilaciones, hemos de poner los medios oportunos. En este tiempo, en el que parece que Dios desaparece del mapa, yo me siento atraído por ese Misterio increíble que es Dios y su Hijo Jesús.
Me marcho, pues, a un tiempo de desierto, de oración, de estudio y de reciclaje. Es ahí donde, según dice la tradición, se puede encontrar y hablar a solas con Dios. Eso es lo que el mismo Dios me sugiere, y lo que se me permite hacer. No me voy por un prurito personal o por una motivación egoísta. Lo hago por necesidad y por vocación. Y sé que cuanto gaste ahora en estar a solas con Dios, redundará en beneficio de todo el pueblo.
Tras doce años apasionantes, fruto de los cambios ocurridos con la reestructuración eclesial y con el hecho de que la Asunción dejase de ser una sola y gran parroquia, se hace posible que las tres nuevas comunidades parroquiales de Colmenar reemprendan un camino nuevo y lleno de fecundidad apostólica. Recibid con los brazos abiertos al nuevo párroco, colaborad siempre con él y manteneos firmes en la fe.
Aunque llegué a Colmenar un poco más joven, y me iré más mayor y más cansado, he de reconocer que mi corazón se encuentra confundido ante el hecho de perderos a vosotros, hermanos y hermanas colmenareños, y de que me perdáis. Pero el tiempo ha llegado, y he de ser fiel a lo que el Señor le pide a mi conciencia desde hace años. ¡Que Él sea vuestra paz! Y sabed que desde hoy alguien reza cada día por este amado pueblo.
Nuestra Señora de los Remedios, que cautivó mi corazón para siempre, os cuidará y me cuidará.
Un fuerte abrazo para todos en el Señor.
Os quiero.
Antonio.
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